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Finca Raixa

Viaje a la Mallorca de otro tiempo

El jardín principal de Raixa se despliega ante nosotros y las montañas, con sus marjades de pedra en sec, se extienden en una imagen de postal.

Autor: Aina Coll

Fotógrafo: Jaume Oliver

Raixa es una possessió, un conjunto de jardines espectaculares y, sobre todo, un testigo privilegiado de los cambios históricos que se han producido en Mallorca. Una mañana de septiembre, decidimos acercarnos hasta Bunyola para desentrañar el pasado que el lugar atestigua. Nada más llegar, hacia el mediodía, cruzamos el camino de tierra custodiado por olivos y algarrobos, y aparcamos fácilmente en el aparcamiento habilitado. Desde aquí, ya nos entusiasmamos por el entorno y la belleza imponente que transmite Raixa.

Nos dirigimos hasta esta construcción de origen árabe -enseguida nos encontraremos con numerosos carteles explicativos que nos ayudan a hacer este viaje por el tiempo-, entre limoneros, granados, una pequeña viña de malvasía y plantas en flor que nos dan la bienvenida con su aroma. Un pequeño estanque copado de nenúfares y libélulas llama nuestra atención y, ahora sí, accedemos a la possessió. 

En el interior nos encontramos con dos trabajadores -la gestión de Raixa recae en el Consell de Mallorca- que nos informan de que la visita es totalmente gratuita y nos facilitan un mapa y una audioguía. Equipados y animados, nos disponemos a conocer un poquito más la historia de este lugar.

En la primera estancia encontramos varios televisores que proyectan imágenes del día a día de los diferentes pueblos de la Serra de Tramuntana y, según avanzamos, nos encontramos con un ventanal abierto. Curiosos, salimos a la balconada y el paisaje -tan nuestro, pero siempre tan cautivador- nos deja boquiabiertos: el jardín principal de Raixa se despliega ante nosotros y las montañas, con sus marjades de pedra en sec -una técnica constructiva que pervive desde la prehistoria- se extienden en una imagen de postal cuya protagonista indiscutible es la naturaleza.

Tras disfrutar del espectacular escenario por unos momentos -e intentar grabar en nuestras retinas el paisaje- volvemos al interior y nos topamos con un enorme mapa de Mallorca, que data de 1784, a nuestros pies. Tras indagar unos momentos en la Mallorca del siglo XVIII y en su toponimia, emprendemos la subida por una escalera de caracol que nos lleva hasta una exposición magistral sobre la importancia de la piedra en la Serra. Y es que aquí, los hornos de carbón, las casas de carboneros, las torres de defensa y los marges que se extienden de extremo a extremo de la sierra se han construido siempre con piedra calcárea, modelada por las embestidas meteorológicas.

Tras comprender el papel que ha tenido la piedra en la isla gracias a los paneles explicativos, avanzamos y llegamos hasta la habitación que frecuentaba el cardenal Despuig en sus repetidas visitas a la isla y, desde aquí, descubrimos el comedor de la casa, que conserva algunos detalles de la época. Tras una puerta de madera entreabierta, hallamos la cocina y el comedor de los criados, mucho más sencillos y austeros, pero en los que es difícil no imaginar cómo debía trabajar el personal de la casa en aquellos tiempos.

Desde la cocina nos sorprenden las vistas a la almazara que, como de nuevo nos informa un panel, está documentada ya en 1619 y en la que se elaboraba el aceite que suponía la principal fuente de riqueza de la finca. Además, otro dato llama mucho nuestra atención y es que, como nos explican, dentro de la cocina existía un agujero que permitía tirar los restos orgánicos hasta el establo de la tafona -como se conocen las almazaras en Mallorca- alimentando así a la mula que daba vueltas para moler la aceituna. 

Tras este fascinante recorrido por el interior de la possessió, volvemos al exterior por la parte trasera y nos encontramos con las majestuosas escaleras del Jardín de Apolo. Construidas, cómo no, con piedra, subimos peldaño a peldaño hasta llegar al final de la escalera, coronada por una estatua del dios del sol, las artes, la belleza, la música y la luz. El ascenso, sin embargo, no acaba aquí: emprendemos el camino hacia la ermita y disfrutamos de las vistas, con la Bahía de Palma a lo lejos, marges, safareigs, vegetación y agua. Animados por la caminata, coronamos la ladera y llegamos hasta la ermita desde donde disfrutamos de unas vistas maravillosas a pesar del calor.

Antes de despedirnos de Raixa, volvemos al jardín principal y contemplamos esta estampa en la que conviven pinos, palmeras, naranjos y flores con la montaña esplendorosa. Emblema del paisaje natural mallorquín, Raixa nos sorprende no sólo por su indiscutible belleza, sino también por todo lo que enseña, a locales y visitantes, sobre la historia, nuestra historia. Toda una lección acerca de nuestras raíces.

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