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Nos sentamos para contemplar, absortos, cómo las abejas rondan los nenúfares y absorben el néctar de su flor.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Jaume Oliver
Siguiendo nuestro deseo de conocer los jardines más bellos de Mallorca, una mañana de septiembre nos desplazamos hasta Sóller para descubrir el Jardín Botánico de la localidad. Nada más llegar, en la caseta de la entrada, el amable personal del lugar nos da información valiosa para que nos ubiquemos: fundado en 1985, este jardín abrió sus puertas al público en 1992, cuenta con un museo en el que se organizan exposiciones y ejerce también de centro de investigación, divulgación y educación. Además, nos cuentan, hace tres años, la fundación del jardín se alió con el Museu Balear de Ciències Naturals.
Con todos estos datos, unas buenas zapatillas, un mapa que nos facilitan en la caseta y todo el tiempo del mundo, emprendemos nuestro paseo que, adivinamos desde ya mismo, estará marcado por una fiesta de olores que nos seducirá durante todo el recorrido.
El Jardín Botánico está dividido por marjades que separan el tipo de plantas que viven, en extremo orden pero en armonía, en él. Animados, tomamos el camino que guiará nuestra tranquila ruta -pues parece que hemos elegido un día de poca afluencia- y la marjada M4 nos recibe con encinas, cipreses y violetas, un primer contacto con la flora mediterránea que convive con un bonito estanque custodiado por cuatro columnas, plagado de nenúfares y preciosas libélulas que lo sobrevuelan.
Justo al lado, en un nivel inferior, encontramos la M6 -cada marjada está marcada con una M, un número y un cartel explicativo que hace que la visita sea más enriquecedora todavía-. Bajo el nombre Aigua dolça, esta marjada cuenta con otro estanque que acoge cañas de bambú, brotes de menta y helechos, tres tipos de plantas que habitan en lugares cálidos y húmedos, por lo que aquí lucen de un verde esplendoroso.
Una acequia por la que corre un hilo de agua nos guía hasta un nivel todavía más inferior, el M7, donde encontramos flora canaria y macaronésica que, según leemos, se inauguró en 1994. Sin abandonar el camino, y cautivados por las majestuosas palmeras que copan el cielo y otorgan un aire tropical a todo el jardín, llegamos hasta nuestra siguiente parada, M8-9, que reúne la vegetación autóctona de islas vecinas del Mediterráneo. Con carácter más desértico, observamos numerosos ejemplares de la familia del cactus y, de nuevo, un estanque de piedra. Un banco a la sombra nos invita a tomar un respiro y nos acomodamos para contemplar, absortos, cómo las abejas rondan los nenúfares y absorben el néctar de su flor.
Proseguimos el paseo y llegamos, lo confesamos, a la marjada que más nos gusta de este jardín: la M12-13 respira un aspecto solleric, claro, con naranjos y limoneros en una explosión de color y aromas que conocemos muy bien. De repente, nos percatamos de que un gato se despereza entre un bancal de tomates, berenjenas y algunos manzanos. Todo un reflejo del paisaje agrícola mallorquín.
Inmersos en un aroma que reconocemos como hogar, nos dirigimos hacia la parte del jardín en la que se encuentran las hierbas aromáticas y plantas medicinales. Aquí, por supuesto, la amalgama de olores vuelve a ser intensa y deliciosa gracias al perfume de la lavanda y la hierbaluisa, y se entremezcla con los higueros que crecen entre ellas. Observando esta zona, observamos la pulcritud que reina a nuestro alrededor, algo que no es de extrañar pues en cada rincón nos encontramos con jardineros que cuidan con mimo y esmero las plantas y los árboles.
Intuyendo que nuestro recorrido está llegando a su fin, cruzamos un pasadizo cubierto por vegetación que trepa por su estructura y nos cobija a la sombra. Entonces, alcanzamos la zona que aguarda la flora ornamental: un rincón de extrema belleza en la que la naturaleza moldeada por la mano del hombre es, cómo no, la protagonista.
Ahora sí, llegamos al final de nuestro paseo por el Jardí Botànic de Sóller y no se nos ocurre mejor modo de hacerlo que acercándonos al M5, una última parada en la que predominan altos pinos. Aquí, disfrutamos del instante y respiramos con los ojos cerrados. El aroma, fácilmente reconocible como autóctonos, nos recuerda a un día de playa, sol y calma en cualquier pinar de la isla. Relajados por esta sensación, nos despedimos del Botànic conscientes de que recordaremos esta mañana por lo que hemos visto, lo que hemos olido y, por supuesto, por lo que hemos aprendido, pues aproximarse a este jardín es toda una agradable lección de flora mediterránea. Y nosotros amamos el Mediterráneo.
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