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Se trata de un trayecto de cuatro kilómetros entre ida y vuelta. Una ruta que, según nos cuentan los chicos de Faro Surf, aún no han probado con nadie.
Autor: Joan Ramis Boscana
Fotógrafo: Jaume Oliver
En esta casa estamos seguros de algo: nos gusta apoyar los proyectos que justo acaban de arrancar. Es en estas visitas cuando las ganas y la ilusión adquieren mayor ímpetu, agarran un impulso como el de las olas al enroscarse y romper contra las rocas. El día que nos movemos hasta la urbanización de Vallgornera, nos asomamos a los acantilados que vigilan la costa de Llucmajor para contemplar un mar levemente rizado, y los responsables de Faro Surf nos confiesan que la superficie del agua hoy propondrá un reto: el de mantenernos de pie, aunque solo sea unos minutos, sobre la tabla de pádel que ya nos espera sobre las rocas.
Ellos se llaman Pau y Ariadna, y los dos son instructores de deporte acuático. Notamos su pasión por el mar desde el primer instante. Saben interpretar sus códigos y entienden su lenguaje. Como no tenemos mucha práctica en el arte del pádel surf – aunque alguna lección hayamos aprendido este verano –, nos dan una clase rápida sobre los básicos que tenemos que respetar antes de lanzarnos al mar. Son las nueve de la mañana, el sol poco a poco va escalando por el cielo. Pau nos dice que si queremos sostenernos en equilibrio debemos flexionar un poco las piernas, que podemos encontrar un punto de apoyo si colocamos el extremo del remo en el agua. Contemplamos el horizonte y Ariadna nos señala una punta de rocas en la lejanía: ese es nuestro destino, ubicado antes de llegar al faro de s’Estalella. Se trata de un trayecto de cuatro kilómetros entre ida y vuelta. Una ruta que, según nos cuentan los chicos de Faro Surf, aún no han probado con nadie.
Más que conejillos de indias, nos sentimos pioneros. Pau y Ariadna se lanzan al mar con sus tablas y nos vuelven a poner sobre aviso: el agua está ligeramente removida, no será fácil ponernos de pie. Como sabemos de su experiencia, seguimos sus consejos a rajatabla. Aún en tierra firme, le damos un empujón a nuestra tabla y saltamos sobre ella de rodillas. El Mediterráneo nos recibe con amabilidad, refrescado por la temperatura que aún conserva de la madrugada. La sal nos salpica y nos despierta, hendimos nuestro remo en el agua y la palada recorre en paralelo la vertical de la tabla. Así avanzamos, de rodillas porque resulta lo más conveniente si el mar no está como un plato. Al principio vamos algo rígidos, luego ya nos soltamos y nuestra postura se hace a la inestabilidad que debemos vencer. Durante el primer tramo de la travesía, empezamos a entender el regalo que los responsables de Faro Surf nos han hecho: la vista del litoral es abrumadora. A nuestra izquierda se despliega una concatenación de acantilados y cuevas; la línea de costa está agujereada como un queso Gruyère. Sabemos que no hubiésemos podido disfrutar de un panorama semejante si no hubiese sido por esta experiencia.
Ariadna nos dice que si el mar hoy estuviese un pelín más apaciguado, como lo suele estar a esta hora de la mañana, podríamos inspeccionar sin problema el interior de las cuevas. Eso es lo que podrán hacer los futuros usuarios de este recorrido. Ya un poco más acostumbrados al vaivén del mar, detenemos nuestros ojos en sus profundidades: la oscuridad de las rocas y las algas se combina, a ratos, con franjas de arena blanca. Nuestros brazos empiezan a acusar el esfuerzo, esa sensación gratificante que conlleva el ejercicio físico. Nos paramos a descansar en la sombra que proyecta una escarpadura. Es ahí cuando Pau nos confiesa que el año que viene también ofrecerán clases de surf, que conocen las mejores zonas de Mallorca donde el viento permite esa actividad. Sus palabras están impregnadas de motivación, las empuja hacia un futuro cercano donde podrán diversificar sus ofertas. De momento, les toca darse a conocer.
Seguimos nuestro pequeño periplo y conseguimos divisar una meta que, hasta hace poco, creíamos algo remota: la cueva del Metge Mames. Esta vez sí que conseguimos remar hasta las entrañas de la gruta, aseguramos las tablas sobre unas rocas para que el mecimiento de la corriente no se las lleve y nos encasquetamos unas gafas de buceo. Entonces nos sumergimos. La fauna marina no puede ser más autóctona, el peix de roquer que todo mallorquín conoce demasiado bien. Flotamos junto a la superficie y nos introducimos en una cueva que cuenta con una piscina natural. Nadamos en sus aguas, nos fijamos en cómo la luz del sol se cuela en la negrura del fondo y el color del mar, por momentos, se tiñe de turquesa.
Cuando volvemos a la cueva del Metge Mames, nos sentamos sobre nuestras tablas y nos dejamos mecer por la oscilación del mar mientras degustamos racimos de uvas. Pau las cultiva con su hermano en el jardín de su casa, pues se consideran unos amantes de los árboles frutales. Protegidos de un sol que en breve alcanzará su cénit, disfrutamos de un desayuno local que, según los fundadores de Faro Surf, será uno de los atractivos de sus rutas cuando su nombre empiece a sonar de verdad. Seguro que sabrán mantenerse en pie, tal y como lo logramos nosotros en nuestro viaje de vuelta.
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