¿Te imaginas probar algo por primera vez, y que no solo no te guste, sino que detestes el resultado, pero al final te dediques a ello? Un poco raro, ¿verdad? Pues eso, más o menos, es lo que le pasó a Irene con la cerámica. Mientras estudiaba Humanidades en Barcelona, su compañera de piso y ella decidieron apuntarse un día a un curso que impartían en un taller de Gracia. En aquel momento, la experiencia no fue la esperada. Pero sin ella ser consciente, se plantó una semilla en su interior.
Pero retrocedamos al principio. Irene Forteza es una joven mallorquina que, como nos ha pasado a muchos, no tenía muy claro hacia donde enfocar su futuro profesional. Una vez terminada la carrera y de vuelta a Mallorca, se formuló para sí misma la siguiente pregunta: «y ahora, ¿qué?». Lo que sí tenía claro es que no se quería quedar parada. Empezó a apuntarse a cursos de PalmaActiva sobre emprendimiento, sin imaginarse ella que en algún momento le serían de gran utilidad.
Durante este tiempo de incertidumbre, se planteó continuar con el negocio de su madre, Taller Verd, encuadernadora de referencia en toda la isla. Pero ella tenía claro que lo que crease, sería suyo, algo desde cero. Fue entonces donde empezó a germinar aquello que ella llevaba en su interior de forma inconsciente: la cerámica. Para no arrepentirse en un futuro de no haberle dado una nueva oportunidad, decidió apuntarse a un curso introductorio de un fin de semana en Barcelona.
Al terminar el curso, ya lo tenía claro, aquello era a lo que se quería dedicar. Por aquel entonces en Mallorca no existían cursos ni referentes claros en el sector. Unos meses después, se enteró que la misma profesora que le había enseñado durante aquel frenético fin de semana, abrió un espacio propio y lanzó un curso intensivo de profesionalización que duraba 3 meses. Claro está, no se lo pensó dos veces. «Desde el momento en que supe a lo que me quería dedicar, puse todas mis energías y el foco en conseguirlo, costase lo que costase».
«Yo sé hacer cerámica, no tengo ni idea de ser empresaria, ser mi propia jefa».
Ahora que ya tenía los conocimientos, le faltaba otra cosa importante: un espacio. «Tenía un torno, pero es que no tenía sitio y lo utilizaba como mesita de noche, esperando que algún día pudiese crear algo con él». Pronto encontraría un taller de cerámica; Mixing Soup (Son Ferriol). Como apenas tenía ahorros para poder pagar más clases, les ofreció hacer un intercambio: ella hacía el mantenimiento de las máquinas y ellos le dejaban un torno para seguir desarrollando todo lo aprendido.
Sin darse cuenta y solo 2 meses después, ya estaba dando sus primeras clases junto a Marina, la profesora de aquel espacio. Es aquí donde aprende a dar clase. Y no solo eso. Le sirve también para mejorar y avanzar con su técnica. Después de 1 año de aprendizaje, decidió que había llegado el momento de dar el siguiente paso.
Como venía siendo habitual en los últimos tiempos, todos los acontecimientos se desarrollaron muy rápido. «Pensé: bueno, sin ninguna prisa, si sale algo que me pueda permitir, entro». No necesitó esperar demasiado. Al mes siguiente apareció la oportunidad de alquilar un pequeño local en Son Sardina y no se lo pensó dos veces.
Con la ayuda de sus padres y los ahorros que tenía en ese momento pudo hacer frente a la inversión inicial. Pero claro, ahora se le planteaba otro problema, ¿cómo ponía en marcha su proyecto? «Yo sé hacer cerámica, no tengo ni idea de ser empresaria, ser mi propia jefa». Por suerte, pudo llamar a Javier, su profesor de PalmaActiva, y juntos, comenzaron a esbozar y a sentar las bases de lo que hoy conocemos como Mostaza Taller. Desde un primer momento tuvo claro que sus clases serían reducidas para de esta forma poder dedicarle el tiempo necesario a cada uno de sus alumnos. Fue tal el éxito que, en apenas un año, el local se le quedó pequeño y tuvo que buscar otro. Por suerte para ella, pronto aparecería el espacio donde actualmente está establecida.


«Me dan envidia mis alumnos cuando los veo sentados en el torno creando».
Y es aquí donde hemos quedado con ella para conocer más de cerca su historia y origen de todo este proyecto, su nuevo taller, desde donde imparte sus clases; Las primeras, las llamadas de iniciación, sirven para que todos aquellos que se adentran por primera vez en el mundo de la cerámica, tengan una primera toma de contacto y empiecen a hacer sus primeras piezas. El siguiente nivel son los que Irene a nombrado como estables; gente que ya lleva un tiempo haciendo clases con ella y ya tienen una técnica un poco más definida. Además, los primeros viernes de mes realizan una prueba con el torno, y los sábados, workshops de moldeado, que son impartidos por otros profesionales y cada mes varía la temática (Crea tu set de desayuno).
Pero esto no es todo. En un futuro no muy lejano, le gustaría dedicar más tiempo a su marca personal y poder así crear sus propias piezas y venderlas, porque nos reconoce que «me dan envidia mis alumnos cuando los veo sentados en el torno creando». Y eso es lo que tiene el crecimiento tan rápido y exponencial que ha sufrido Mostaza Taller, que le hace imposible, a día de hoy, compaginar ambas pasiones, la docencia y la creación más artística y personal.
Lo que está claro es que la cerámica es algo que ha llegado para quedarse. Cada vez son más los talleres, que como el de Irene, nos ofrecen un espacio, no solo para aprender a elaborar piezas de barro, sino para que podamos desconectar de nuestra rutina y nos centremos únicamente en la pieza que empezamos a esbozar con nuestras manos encima del torno.



