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Dada days

Descubrir una nueva habilidad

Enfilar, ir y venir, equivocarnos. Volver atrás entre risas. Seguir y coger el truquillo. Sentir el placer de avanzar y, sobre todo, de ir aprendiendo, de rectificar antes de cometer un error.

Autor: Aina Coll

Fotógrafo: Jaume Oliver

Un hilo, un gancho, algo de maña y, si esto último escasea, una dosis extra de paciencia. Esto es todo lo que se necesita para disfrutar de una técnica de tejido tan de toda la vida y a la vez tan actual como el croché. Nosotros lo comprobamos en primera persona en un taller que encontramos en Dada Days, una plataforma que promueve la creatividad, en vivo y en directo, en una época en la que casi todo ocurre a través de una pantalla.

Dicen que el croché -que creíamos que había nacido en Francia antes de descubrir una teoría que apunta a Arabia- mejora la conexión cerebral, reduce el estrés y el dolor crónico, y que, por si fuera poco, favorece el bienestar emocional. Motivos más que de peso para apuntarnos a la experiencia que Lucy Ehrlich imparte en Mozaikon (Sant Feliu, 17) y que, como ella misma define, no es precisamente ‘Your Grandma’s Crochet Workshop’.

El espacio elegido por Lucy es pequeño e íntimo, y en él reina una gran mesa repleta de hilos de diferentes colores, ganchillos y gomas para el cabello, pues hoy vamos a personalizar nuestro propio coletero con nuestras manos -o, al menos, lo vamos a intentar-.

Nada más llegar, y tras una animada charla con el resto de participantes, escogemos el material del hilo entre lana mohair, algodón y lino, y entre infinidad de colores que pueden combinarse, libremente, entre sí. Precavidos, nosotros optamos por combinar dos colores: uno con dos tonos de azul y otro beige y verde, y apostamos por la lana porque, no nos engañemos, es el material más dócil para manos inexpertas.

Ataviados con todo lo que necesitamos, Lucy empieza, con pericia pero con mucha calma, a explicar la técnica del ganchillo: primero damos vueltas a la goma con el hilo y, una vez completado el círculo -no sin alguna que otra divertida complicación- vamos dándole forma en pisos a través de trucos técnicos que Lucy nos transmite.

Enfilar, ir y venir, equivocarnos. Volver atrás entre risas. Seguir y coger el truquillo. Sentir el placer de avanzar y, sobre todo, de ir aprendiendo, de rectificar antes de cometer un error. Observar cómo toma forma nuestra creación y enorgullecernos cuando llegamos al ancho que queremos, perfilamos el borde y cerramos, ahora sí, la pieza, nuestra pieza, única y creada con nuestras manos, se convierte en una experiencia de esas que disfrutas porque, puntada a puntada, te hace conectar con el aquí y el ahora y, sobre todo, explorar y expandir una habilidad que, hasta hoy, no sabías que tenías.

Satisfechos, compartimos con el grupo nuestros coleteros y admiramos la pericia de los más avanzados en la materia mientras catamos unos dulces que Lucy ha dispuesto para nosotras. Quién sabe si en el futuro sabremos hacer un coletero de diez colores. Y qué más da, en realidad, lo que importa es el primer paso, es hoy.

El taller ha sido ameno y divertido gracias al ambiente que se ha creado entre desconocidas, pero también nos ha hecho pensar en el disfrute que comporta atreverse a probar aquello que siempre has tenido en mente o incluso aquello que creías que no era para ti. Sentarse delante de un torno y embarrarse las manos. Amasar pan. Colorear una acuarela. Y es que si la artesanía sobrevive se debe, en parte, a cómo nos hace sentir. No lo dudes: tu abuela, que practicaba ganchillo entretenida y feliz, tenía razón.

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