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Mercat de Capdepera

Epicentro económico y social

Los puestos del mercado, repletos de frutas de temporada -amarillo neón, verde sandía- llenan de color la Plaça d’Orient.

Autor: Aina Coll

Fotògraf: Jaume Oliver

Los mercados tradicionales han cumplido, históricamente y en cualquier lugar del mundo, dos funciones: por un lado, la de abastecer a los vecinos con el fruto del trabajo de los productores locales. Por otro lado, han sido siempre un punto de encuentro para los miembros de una misma comunidad. Precisamente por esta doble faceta, estos lugares son también el sitio ideal en el que aproximarse a una cultura. ¿Cómo descubrir qué se cosecha en una región si no es en la paradita de un payés? ¿Qué otro enclave resulta más idóneo para conocer la artesanía que en una plaza que reúne la obra de artesanos del lugar?

Como pocas cosas nos gustan más que disfrutar del ambiente auténtico que se respira en un pueblo y empaparnos de las tradiciones de Mallorca, una mañana de verano, alrededor de las 9:30 h, nos desplazamos hasta Capdepera. Aquí aparcamos el coche en el aparcamiento colindante a la Plaça d’Orient y al alzar la vista una postal incomparable, con un espectacular castillo del siglo XIV como protagonista, nos da la bienvenida al municipio. Nos dirigimos a la plaza y las paraditas nos indican que estamos en el lugar correcto: es miércoles, día de mercado en la localidad.

Una de las cosas que nos llama la atención del mercado de Capdepera es que ha logrado mantener el ambiente relajado de siempre. Quizá porque no está tan abarrotado como otros mercados de la isla en época estival y en él, enseguida nos percatamos, conviven los puestos típicos con las terrazas de los bares, muy animadas gracias a los parroquianos que ojean el periódico mientras toman el primer café.

Entre las sombras que se proyectan gracias a los árboles de la plaza -y que hacen algo más llevadero el intenso calor-, una gran alfombra de plantas y flores nos recibe. Es la primera parada, que da paso a otra de frutas y hortalizas, la mayoría locales, que a estas horas es la que reúne más clientes. Sin embargo, no es la única: otros dos puestos repletos de frutas de temporada -amarillo neón, verde sandía- llenan de color la plaza. Los embutidos y la imprescindible paradita de aceitunas y encurtidos mediterráneos culminan la oferta gastronómica del mercat.

Recorremos la calle perpendicular a la Plaça d’Orient, que completa el mercado con artesanía local, juguetes para los más pequeños y algunas propuestas veraniegas de ropa y complementos, y tras echar un vistazo por aquí, volvemos a la plaza para abastecer nuestra senalla con verduras y una variada mezcla de conservas. En el centro, los vecinos del pueblo forman corrillos y conversan, distendidos y animados; los niños juegan y algunos turistas madrugadores curiosean entre las paradas mientras, como nosotros, llenan sus capazos con productos frescos. Es la vida del mercado, la vida de los placeres sencillos.

Antes de despedirnos de Capdepera, escogemos una terraza y nos sentamos en una de las pocas mesas libres para coger fuerzas con un buen desayuno. Mientras esperamos nuestro berenar, el castillo vuelve a captar nuestra atención y apuntamos una fecha ineludible en nuestro calendario: a mediados de mayo, Capdepera se transformará, como ya es habitual, en un gran mercado medieval. Una feria que se alarga durante tres días y reúne artesanos de oficios tradicionales (palmito, hierro, cerámica y peletería, entre otros) y que, nos aseguran, deja boquiabiertos a todos aquellos que lo visitan. Tendremos que descubrirlo -y contarlo- en primera persona.

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