GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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No exageramos si afirmamos que nuestra percepción de la vainilla vive un antes y un después desde este momento, pues acabamos de degustar el mejor helado de vainilla que hemos probado nunca. ¿Un clásico? Sí, pero llevado a otro nivel.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Jaume Oliver
Es mediodía de agosto. Hace mucho -mucho- calor en Can Pastilla. Una multitud de turistas va y viene desde o hacia la playa entre bares abarrotados de gente picoteando y tiendas de souvenirs que ofrecen sus recuerdos de Mallorca en forma de toalla o siurell. Hasta aquí, todo es normal, una escena típica del verano que se repite a diario, cada año, en temporada alta. Pero entre esta aparente cotidianidad encontramos un rara avis: es una heladería y aunque, sí, hay muchas otras por aquí, no hay otra igual en primera línea de Platja de Palma. Podemos demostrarlo.
Es Capritxo, un local pequeño, sencillo y abierto para que los curiosos -como nosotros- no podamos contener el deseo de entrar y entregarnos al placer de comernos uno de sus exquisitos helados.
En la entrada, y bajo un toldo que consigue atenuar el ardor del día, luce su carta, bien golosa: fresa, stracciatella, limón y chocolate son algunas de las opciones de toda la vida; yogur con piña, tiramisú, pistacho de Bronte y ron con pasas alargan una lista que al leerla se vuelve, por momentos, cada vez más tentadora. No hay alternativa: habrá que sucumbir.
Nada más acercarnos al mostrador, la joven que nos atiende -súper encantadora, por cierto- nos cuenta que, desde que iniciaron su andadura hace ya nueve años, sus helados no han cambiado ni un ápice: siguen siendo 100% naturales y la producción, diaria. Sus palabras nos convencen, pero parece que también quiere hacerlo a través del paladar, así que mientras nos cuenta los detalles de su método, nos invita a una pequeña cata improvisada. Definitivamente, quiere que caigamos rendidos a los pies de sus sabores. ¿Y quién diría no?
Con una cucharilla, degustamos el helado de pastel de zanahoria -que luce con la misma intensidad que uno de nuestros postres preferidos y sabe a gloria hecha helado- y la propuesta de chocolate maya, el resultado de infusionar crema de chocolate con canela, cayena, clavo y ralladuras de naranja. Una combinación que explora el dulzor y el amargor, acentuado por un toque picante. Ahí es nada.
Impresionados por la cata, aceptamos -también- la invitación a acceder al interior y descubrir, en primera persona, cómo trabaja el heladero o, lo que es lo mismo, comprobar con nuestros propios ojos dónde y cómo se produce la magia. En el corazón de Capritxo, su joven heladero nos enseña los pormenores de la maquinaria y nos revela algunas de las claves para mantener el producto fresco y no alterar su sabor -como descender la temperatura en picado, por ejemplo-.
Entregado a la producción del helado -clásico entre los clásicos- de vainilla de Madagascar, nos ofrece probarlo, recién hecho, en un vasito, y no exageramos si afirmamos que nuestra percepción de la vainilla vive un antes y un después desde este momento, pues acabamos de degustar el mejor helado de vainilla que hemos probado nunca. ¿Un clásico? Sí, pero llevado a otro nivel.
Entusiasmados, de vuelta al mostrador, llega la hora de la elección. En Capritxo uno puede mezclar, en vasito o en cucurucho, dos sabores, y los más golosos pueden añadir nutella sobre el helado o en el interior del cono. Nosotros, conscientes de que ya llevamos un buen rato entregados al indulgente vicio del helado, nos conformamos con uno de sorbete de chocolate y maracuyá, y un vasito de banoffee. Del primero destaca la ligereza de la textura; del segundo, la maestría con la que Capritxo ha convertido un delicioso pastel en un helado que no olvidaremos jamás.
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