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Ca n'Ela

Esto es canela en rama

Entramos en Ca n’Ela con los sentidos bien despiertos y salimos hipnotizados. Ver para creer.

Autor: Joan Ramis Boscana

Cuando paseamos por el casco antiguo de Palma, nuestros sentidos tienden a despertar como si hubieran sido víctimas de algún tipo de letargo. Paseamos por s’Hort del Rei y nos dejamos llevar por el arrullo del agua, descansamos en un banco a la sombra de un ficus gigantesco. Pero es la estatua del hondero quien parece indicarnos, a partir de su disparo, la dirección que debemos tomar para ir a comer. Nos metemos en el barrio de La Llotja, atestado de galerías de arte y turistas que admiran su arquitectura. De repente, se abre la puerta de un local que aparece casi por ensalmo, como caído del cielo. El restaurante Ca n’Ela está ubicado en un lugar privilegiado, y al entrar en su interior nosotros también nos lo sentimos. 

Es Andrea quien nos da la bienvenida, la misma que hace un año inauguró este proyecto junto a su madre. Al franquear la puerta, ponemos nuestros pies sobre un suelo hidráulico que dota al espacio de personalidad. La decoración es coqueta. La luz del día se abre paso por unos ventanales altos. Ilumina un mobiliario moderno, de madera, que combina bien con un jardín vertical que trepa por una de sus paredes. Las dimensiones de Ca n'Ela son las justas para notar una acogida cercana. Somos guiados por una escalera hasta el piso superior y nos acomodan en una mesa desde la que dominamos, ahora en las alturas, casi la totalidad del local.

Andrea nos canta el menú, unos platos que ya hemos podido observar – somos demasiado curiosos – en las mesas vecinas. Para ir abriendo boca, nos sirven un zumo de naranja, remolacha y cúrcuma acompañado de un humus adornado con brotes verdes. Unas rebanadas de pan integral con semillas descansan en una bandeja. No podemos reprimir nuestros impulsos: agarramos el pan, lo untamos de humus y un ingrediente inesperado acude a nuestro paladar. Se trata de la remolacha, otra vez, que salpica la pasta de garbanzos para conferirle una frescura repentina. Disfrutamos del primero a bocados lentos, regados por la naturalidad de un zumo que se nos antoja demasiado breve. 

Todo sabe a huerto: legumbres, verdura y frutas. Esta es la composición culinaria de un restaurante vegano cuya carta de presentación no requiere de aspavientos. La persona que idea las recetas del restaurante es Ella, que fue cocinera del Bon Lloc durante veintiún años.

Una trayectoria que la llevó a armar este local al lado de su hija, que también reúne años de recorrido en la hostelería. El restaurante se ubica en la calle del Mar, un nombre más que apropiado para un sitio al que llega la brisa de s’embat.

El siguiente plato lo dispone sobre la mesa Aida, que con aire dicharachero nos informa de que vamos a saborear dos platos de cuchara, uno frío y otro caliente: el primero es una sopa compuesta de pepino y menta; el segundo es una crema de coliflor y limón. La sopa se atempera a la perfección al clima veraniego, y el toque ácido del limón actúa como la antesala de una coliflor que sabe ligera, estupenda para un mes de septiembre tan caluroso. Un acierto tan exitoso como la tercera remesa de comida que Aida, solícita y simpática, nos trae a la mesa. Por un lado, tenemos un pastel de mijo y calabacín regado con una crema de cacahuete que le va como anillo al dedo. El cacahuete se derrite sobre una combinación que no puede ser más jugosa y saludable. Una apuesta arriesgada que sale tan redonda como su forma. La otra elaboración no se queda corta, pues se trata de una versión vegana del hachis parmentier en el que la col lombarda reclama su presencia en medio de la ternura de la patata. 

Los postres, por si no tuviéramos suficiente, consisten en la suavidad de un yogur de frambuesa hecho de soja y un bizcocho de higos y almendras que parecen recién caídas del árbol. Entramos en Ca n’Ela con los sentidos bien despiertos y salimos hipnotizados. Ver para creer.

Una trayectoria que la llevó a armar este local al lado de su hija, que también reúne años de recorrido en la hostelería. El restaurante se ubica en la calle del Mar, un nombre más que apropiado para un sitio al que llega la brisa de s’embat.

El siguiente plato lo dispone sobre la mesa Aida, que con aire dicharachero nos informa de que vamos a saborear dos platos de cuchara, uno frío y otro caliente: el primero es una sopa compuesta de pepino y menta; el segundo es una crema de coliflor y limón. La sopa se atempera a la perfección al clima veraniego, y el toque ácido del limón actúa como la antesala de una coliflor que sabe ligera, estupenda para un mes de septiembre tan caluroso. Un acierto tan exitoso como la tercera remesa de comida que Aida, solícita y simpática, nos trae a la mesa. Por un lado, tenemos un pastel de mijo y calabacín regado con una crema de cacahuete que le va como anillo al dedo. El cacahuete se derrite sobre una combinación que no puede ser más jugosa y saludable. Una apuesta arriesgada que sale tan redonda como su forma. La otra elaboración no se queda corta, pues se trata de una versión vegana del hachis parmentier en el que la col lombarda reclama su presencia en medio de la ternura de la patata. 

Los postres, por si no tuviéramos suficiente, consisten en la suavidad de un yogur de frambuesa hecho de soja y un bizcocho de higos y almendras que parecen recién caídas del árbol. Entramos en Ca n’Ela con los sentidos bien despiertos y salimos hipnotizados. Ver para creer.

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