GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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Abordamos nuestra selección de helados, bien diferentes entre ellos porque, una cosa tenemos clara: quién dijo que en la variedad está el gusto, seguro, era fan de este manjar veraniego.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Jaume Oliver
En Cala Major hay una heladería que consigue que creas que has viajado a otra época. Concretamente, cuarenta o cincuenta años atrás. Su estética retro, su interiorismo colorido, la banda sonora que no deja de sonar -rock clásico y algo de funk-... hacen que te traslades a otro tiempo y muevas los pies casi sin darte cuenta mientras esperas turno para ser atendido.
No es casualidad que acostumbre, como ocurre hoy, a estar llena de familias, parejas y grupos de amigos que quieren pasar un buen rato y regalarse un rato de placer dulce, pues de otro tiempo -ese en el que las cosas se hacían más lentas, más conscientes- son también sus helados. Es viernes, hace mucho calor y sí, estamos en mitad del verano de 2024 según nuestro calendario, pero hemos venido hasta Iannini Gelati a probar sus propuestas porque alguien nos ha chivado que saben a gloria.
Aunque nada más cruzar el umbral descubrimos que su carta va mucho más allá del producto estrella de la temporada, con una carta de dulces -como un suculento tiramisú de pistacho que luce, sugerente, en la vitrina- y también salados -focaccias y pizzas nos guiñan el ojo-, nos mantenemos fieles a nuestro propósito y abordamos nuestra selección de helados, bien diferentes entre ellos porque, una cosa tenemos clara: quien dijo que en la variedad está el gusto, seguro, era fan de este manjar veraniego.
Amarena, nocciola, pistacho y ginger con lima son nuestros elegidos: el primero por el toque afrutado ligeramente amargo, el segundo porque el cacao y la avellana son un acierto garantizado que nos recuerda a los estíos de nuestra infancia, el tercero porque nunca nos cansaremos de reivindicar más protagonismo para los frutos secos en la repostería y el último porque, después de tremenda selección, auguramos que vamos a necesitar algo bien refrescante que llevarnos a la boca.
Con una cucharada de cada, enseguida nos damos cuenta de algo: los cuatro sabores que acabamos de catar tienen, al menos, tres aspectos en común: todos son muy -pero que muy- cremosos, su sabor es suave -ninguno produce esa sensación de empalago que provoca el azúcar desmedido y vete tú a saber qué ingredientes procesados- y todas las recetas prescinden de huevos, gluten y lácteos. No son tres denominadores comunes -por desgracia- fáciles de encontrar en una heladería, así que podemos afirmar, sin más rodeos, que Iannini nos ha conquistado.
Puede que su secreto sea la producción artesanal, el uso de materias primas de calidad o, quizá, una tradición pastelera que Iannini Biagio contagió a su familia desde que, en 1936, se formara en la reconocida Pasteleria Pantaleone de Salerno. Leemos que, después, fundó su propia empresa, que bautizó con su nombre, y claro está, de aquellos tiempos, estos helados.
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