GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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Aquí no hay ni trampa ni cartón: sus recetas, que no entienden artificios y apuestan por el producto local y de temporada, son un viaje a nuestras raíces -de queso, de vino, de fruta fresca- y un homenaje a nuestra tierra.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Jaume Oliver
¿Has probado alguna vez un helado de fresa que sabe a fresa fresca y nada más? ¿O quizá has acompañado un trempó con helado de gamba -sí, de gamba de Sóller- en una cena de verano? ¿Has sucumbido, en alguna ocasión, a un helado de hierbas aromáticas para colmar un buen vaso de gazpacho? Si la respuesta a estos interrogantes es sí, sin duda, eres fan de una de las heladerías más míticas de Mallorca. Si, en cambio, la respuesta es negativa, seguro que te estás haciendo muchas preguntas que, por supuesto, estamos dispuestos a responder.
Ca’n Miquel es una heladería emblemática por tres motivos: su largo recorrido -abrió sus puertas en 1979-, su elaboración artesanal -que prescinde de aditivos, colorantes y otros trucos- y su atípica carta -que contempla sabores de toda la vida, pero también otros sorprendentes como el helado de chocolate a las siete pimientas, el de vino o el de queso mahonés-. ¿Su objetivo? Que disfrutes comiendo un helado cualquier día del año y en cualquier ocasión, y que te convenzas de que este manjar es mucho más que un postre.
Llegar hasta su local ya tiene algo de mágico pues, ubicado muy cerca de la calle Jaume III, para acceder a él hay que perderse por la zona de Bonaire. Un paseo que vale la pena no solo por el goce que aguarda al llegar al destino, sino también por el establecimiento, en la calle Montcades, que conserva la estética de los comercios emblemáticos de Palma, con techos altos y un arco que divide el espacio en dos. Es sencillo, pero elegante. Un poco clásico, pero siempre repleto de clientes incondicionales -las familias son mayoría- y de viajeros curiosos que no pierden la oportunidad de dejarse caer por aquí durante su estancia en la isla.
Lo comprobamos en primera persona en plena temporada de verano, mientras contemplamos sus vitrinas repletas de colores variopintos y propuestas que rebosan originalidad. Aquí, la nata, el yogur, el café y el limón conviven con sabores algo más, digamos, inesperados.
Ante una heladería tan innovadora y transgresora desde sus inicios, decidir aquí no es cuestión baladí, por lo que nuestra cata de hoy es tan variopinta como su oferta: helado de chocolate con naranja, helado de melón y otro de sandía, yogur con arándanos, helado de almendra caramelizada y, por último, helado de albaricoque, que es temporada.
Acomodados ante los ventanales que dan a la calle, atacamos con los sentidos bien despiertos. Cada cucharada de un helado de Ca’n Miquel sabe a pureza y autenticidad. Aquí no hay ni trampa ni cartón: sus recetas, que no entienden artificios y apuestan por el producto local y de temporada, son un viaje a nuestras raíces -de queso, de vino, de fruta fresca- y un homenaje a nuestra tierra. El sabor del Mediterráneo hecho helado.
En cono o en copa, e incluso dentro de una coca de patata de la casa o acompañados de coca de gató, hay muchas formas de disfrutar de un helado de Ca’n Miquel, que también ofrece la repostería isleña más característica de la isla, como ensaimada con nata fresca o coca de quarto. Si, por lo que sea, prefieres atacar propuestas saladas, su carta cuenta con una amplia variedad de llonguets y tostadas, pues aquí no todo es helado… aunque no te perdonarías nunca pasar por delante y no regalarte uno. Cualquier día del año, en cualquier ocasión.
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