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Jardines de Alfabia

Perderse en un oasis verde

En Alfàbia, la cuidada y frondosa vegetación de sus jardines convive en absoluta armonía con la esplendorosa Serra de Tramuntana.

Autor: Aina Coll

Fotógrafo: Jaume Oliver

En el paraje de la Serra de Tramuntana, en el municipio de Bunyola, se hallan unos jardines con un encanto incomparable: los Jardines de Alfàbia. Su exuberante vegetación es, sin duda, el elemento más destacado, pero no el único. Hasta allí hemos ido una mañana de septiembre para perdernos en este oasis de flora y agua, y dejarnos sorprender.

Nada más llegar -lo hemos hecho en coche eléctrico, pero también puede hacerse en el mítico tren de Sóller- subimos una majestuosa escalinata de piedra que se deja envolver por las enormes hojas de los plátanos -que no plataneras- que custodian la entrada. Un recibimiento imponente y bucólico que nos lleva hasta la clastra, el patio típico de las casas de campo de la isla que da la bienvenida a la casa.

La casa de Alfàbia nos cautiva a primera vista y ya intuimos que atesora siglos de historia en su interior. De hecho, como descubriremos en un rato, en ella conviven diferentes estilos arquitectónicos y artísticos -árabe, gótico, renacentista y, sobre todo, barroco- debido a las remodelaciones que se han producido con el transcurso del tiempo. No obstante, de momento nos quedamos en el exterior y aquí recibimos, maravillados, la primera sorpresa: un plato de agua que llama nuestra atención y la de todos los curiosos que visitan hoy los jardines. En ella se proyecta el paisaje, las montañas de la sierra, que de repente se desdoblan gracias al agua.

Después de sacar una fotografía -casi obligada por la belleza de este curioso rincón- seguimos hacia un pasadizo flanqueado por columnas y vegetación que forman un túnel que, de nuevo, nos deja boquiabiertos: reconstruida en el siglo XVIII, en esta original avenida, un sistema integrado de regadío hace brotar agua de los lados, refrescando el ambiente y las plantas, mientras lo cruzamos. Estamos en el paseo de la pérgola, un lugar mágico.

Al dejar atrás este túnel, nos encontramos con el huerto que pertenece a la casa y con el paseo de las palmeras. Con aire tropical, aquí hallamos una terraza con una barra en la que degustamos un zumo elaborado con naranjas y limones recién recolectados y exprimidos. Entonces, damos una vuelta sin rumbo -disfrutando del placer que supone caminar sin tener que llegar a ninguna parte- y tomamos un respiro en un estanque cobijado a la sombra de un gran plátano. Aquí nos damos cuenta de que numerosas acequias, construidas en tiempos de la dominación árabe, atraviesan los jardines y transportan el agua que brota del manantial de la Serra, llenando así los diferentes estanques y regando el huerto.

Embriagados por una sensación de absoluta paz y relajación, decidimos, ahora sí, adentrarnos en la casa, una antigua possessió a la que accedemos por una escalera exterior que nos conduce hasta un largo balcón desde donde podemos contemplar gran parte de los jardines. Al levantar la cabeza descubrimos un artesonado de encina y pino que decora el techo desde el 1170 y cuadros, muchos cuadros de diferentes épocas. Una multitud de libros antiguos nos guía por diferentes espacios hasta que llegamos a la habitación de la Reina Isabel II, que se conserva desde que ésta visitara Mallorca. En la planta baja, recorremos la sala gran, la sala de l’alcova y la sala de la cadira, que custodian pinturas, grabados, instrumentos y bustos de diferentes épocas.

Una vez volvemos al exterior, maravillados por el viaje al pasado de nuestra historia que acabamos de disfrutar, llegamos al jardín de la Reina, rodeado de garballó -o palmito-, una palmera inconfundiblemente autóctona de las Islas Baleares, y un estanque de nenúfares. Desde aquí llegamos hasta el último espacio, el jardín Romántico, en el que destacan las altas ramas de bambú. Más allá de los jardines, se extienden hectáreas de una explotación agraria en la que destacan, esplendorosos, los olivos que lucen bajo el sol mediterráneo e incluso una antigua almazara de dos molinos que, aunque fue reconstruida, hoy se encuentra en desuso. 

En Alfàbia, la cuidada y frondosa vegetación de sus jardines convive en absoluta armonía con la esplendorosa Serra de Tramuntana, declarada patrimonio inmaterial por la UNESCO en 2011. La fuerza abrumadora de la naturaleza nos ha cautivado y nos parece un plan perfecto para recomendar a cualquiera que desee perderse en un oasis monumental de verde, agua y belleza, mucha belleza.

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