GastronomíaLittle Jarana. (Pequeña) fiesta en casa
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En Son Servera el producto local triunfa y la almendra, claro, es el denominador común. Todo gira alrededor de ella.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Jaume Oliver
La almendra es un fruto cargado de vitaminas y minerales, sabroso como pocos y esencialmente mediterráneo. Coincidiendo con la preciosa floración de los almendros, todo un acontecimiento visual que nos regala la naturaleza anualmente a principios de febrero, Son Servera celebra, cada año, la Fira de la Flor d’Ametller, una jornada dedicada a este fruto que honra el paisaje mallorquín.
Nada más llegar, dejamos el coche en el centro de la localidad y vamos paseando hacia la plaza de la iglesia, donde ya se nota el ambiente animado de un domingo especial. En las terrazas de los bares, plagadas de gente que disfruta un sol inusual para el mes de enero entre desayunos y los primeros vermuts, reina un aire relajado.
Nos dejamos conducir por el río de gente que nos lleva hasta la entrada de las Cases de Ca s’Hereu, flanqueada por bloques de paja coronadas por ramas de almendro en flor. Hemos llegado a una feria muy especial.
En un entorno con mucha historia y encanto, nada más cruzar el umbral nos encontramos con un enorme patio plagado de curiosos que ya descubren los puestecitos de madera, cubiertos de toldos a rayas y decorados, de nuevo, con ramas de almendros en flor.
Entre locales y visitantes, investigamos con calma cada parada. El producto local triunfa y la almendra, claro, es el denominador común. Todo gira alrededor de ella: utensilios elaborados con madera de almendro, licores, jabones, velas, aceites y perfumes conviven con productos gastronómicos -mención especial al queso y a la sobrasada- y con creaciones de otros artesanos: mieles, joyas, bolsos y carteras con roba de llengües.
Un grupo de xeremiers contribuye al ambiente festivo mientras catamos algunos productos -casi todas las paraditas ofrecen degustación gratuita- y nos hacemos con algunos para llevar a casa hasta que, a mediodía, llega el turno de la actuación de la agrupación local Sa Revetla, que baila ball de bot al ritmo de la música popular.
Después de disfrutar de este espectáculo -tan folclórico, tan de aquí, tan nuestro- salimos del patio y de camino hacia las casas nos encontramos una muestra de maquinaria agrícola antigua, digna de un museo que atestigua la historia del campo de la isla: carros para recoger la almendra, cañas para derribarlas del árbol e instrumentos para abrirlas como se hacía antaño.
Volviendo al presente, retomamos nuestra ruta improvisada y nos encontramos con algunos amigos que en Travel to Zero conocemos bien -y de cuyos productos somos fans declarados: los quesos veganos de Bon Bessó -que ya ha casi agotado todos sus deliciosos ‘redonets’, ¡menudo éxito, Alejandro!-, las preparaciones de Ametlla+ -ese bendito invento que hace más fácil nuestro día a día en la cocina-, las conservas de Fleur de Madre Sierra -directa a Son Servera desde Banyalbufar-, la sabrosa propuesta-siempre sin gluten- de Típic, de Porto Cristo,- y la bebida de dioses que elabora, en Inca, Mandragora Hidromel.
La tradición y todo lo que se hace con las manos nos entusiasma, así que quedamos hipnotizados observando un grupo de personas creando accesorios de llata a la antigua usanza, palmito a palmito, en un estado casi meditativo. Justo al lado, en un antiguo cobertizo de animales, encontramos una exposición de cuadros que reúne, también, la cartelería de las trece ediciones previas a esta feria y una última conocida: la parada de Alejandra Epifani, de Cartonpia, que vende sus magníficas joyas hechas con cartón y papel reutilizado. Nos hacemos con unos pendientes que nos enamoran al primer vistazo y nos llevamos a la boca unas garrapiñadas que dos ‘madones’ elaboran para el disfrute de los asistentes más golosos.
Una vez terminado el recorrido llega el momento de recobrar fuerzas, así que salimos en busca de una mesa libre en algún bar del pueblo. Hoy, nos cuentan, en honor a la feria elaboran platos especiales con la almendra como ingrediente principal. Una jornada redonda que pone en valor un producto imprescindible en nuestro recetario y en nuestro paisaje.
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