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Mouna

Pura medicina

Una interesante mezcla de sabores, equilibrada con tiento, en la que predomina un dulzor comedido.

Autor: Aina Coll

Fotógrafo: Jaume Oliver

Vegetariano, ecológico y ético son tres de los adjetivos que definen Mouna, un restaurante particular por su propósito y su propuesta culinaria, que se plasma en platos cuidados, saludables y cocinados, en su gran mayoría, con producto local. Lo descubrimos un mediodía en Plaça Drassanes, vecina de La Llonja, en el interior de un bellísimo edificio rehabilitado.

Mouna ocupa parte de la planta baja de Espai Buit, un centro que alberga encuentros, talleres, exposiciones, charlas y clases de yoga, y promueve el bienestar holístico. Su entrada, amplia y elegante, conserva el suelo típico de piedra y una escalera majestuosa conduce a las plantas superiores, donde se cuece la programación del centro. Pero es justo a la derecha del gran recibidor cuando uno, tras descender unos peldaños, entra en Mouna como quien accede a un oasis de calma cuidado al detalle: pocas mesas, una gran barra creada con puertas recuperadas y paredes blancas que multiplican la luz natural.

Al acomodarnos, llega a nuestras manos una carta diseñada con mimo y una de las camareras nos traslada desde dónde late el corazón de Mouna: aquí, el producto fresco y de proximidad es el protagonista de cada receta, con el objetivo de promover los campos y apoyar a los agricultores de la isla, y la alimentación saludable y nutritiva es el eje vertebrador de la cocina.

La filosofía de Mouna es seductora, así que buceamos en su carta con atención plena y descubrimos una selección de cocas -de cebolla confitada, de trempó, de calabacín y humus, y una margarita-, dos tablas de quesos -una de vaca, oveja y cabra, todos artesanales, y otra de quesos vegetales, acompañados de mermelada, encurtidos, frutos secos, aceitunas, pera asada y crackers-; una propuesta de entrantes frescos con verduras y ensaladas de la estación, y siete platos principales, todos con dos denominadores comunes: son vegetarianos o veganos y ninguno contiene azúcares procesados.

Encargamos una kombucha de mandarina, cúrcuma y pimienta -refrescante y original- y una copa de vino blanco de Vinya Son Fangos, entre otras opciones de la tierra, como Capgiró, Soma, Sió y Turgent. Para comer, resolvemos compartir un entrante y dos principales, que pronto invaden nuestra mesa con una explosión de color y en un emplatado exquisito.

Los platos de Mouna son bellos por su disposición, pero también porque transmiten la belleza del paisaje isleño a través de sus ingredientes. Elaborados, pero sin pretensión de aparentar lo que no son, celebran los últimos días de verano a través de una gastronomía sencilla, mimada y meditada.

La coca de calabacín y humus de remolacha se presenta como una evolución de la mítica coca de trempó. Colorida, fresca y sorprendentemente ligera. Un entrante ideal para hacernos una idea de lo que está a punto de venir.

Entre una lasaña y un gran ravioli, el raviolo abierto está formado por capas superpuestas de pasta rellena de verduras, que coronan una deliciosa salsa de tomate con crema de queso mahonés y pesto. Un plato que nos sorprende visualmente, pero del que nos gusta todavía más su textura y ligereza.

Dos zanahorias al horno sobre crema de humus, acompañadas de boniato y aceitunas, son el segundo principal por el que apostamos. Una interesante mezcla de sabores, equilibrada con tiento, en la que predomina un dulzor comedido. Pura medicina que nutre nuestro cuerpo y homenajea nuestra tierra.

La carta de postres de Mouna está en completa sintonía con la propuesta salada y, entre el cheesecake de arándanos y queso vegano, el brownie, el banoffee, el helado y el mousse de coco -la selección es irresistible- finalmente nos decidimos por el último, un colofón de leche de coco, crema de anacardos y mermelada servido, precioso, en una copa de cristal.

Durante la experiencia, que alargamos sin prisas, saboreamos, olemos y nos recreamos en cada bocado. Nos dejamos sorprender y buscamos matices sin esfuerzo. Conectamos con lo que nos llevamos a la boca y con la historia -el esfuerzo, el amor y la implicación- que hay detrás de cada ingrediente porque Mouna invita, precisamente, a esto. De ahí su nombre, que significa silencio en sánscrito. Un regalo que va mucho más allá del paladar, un imprescindible en estos tiempos.

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